Jorge Luis Borges
El fantástico inquisidor
Jorge Luis Borges es uno de mis escritores fantásticos favoritos. Su mundo está impregnado por un suave rumor de caos, que en realidad no lo es. Este rumor es, sólo eso, una brisa que desestabiliza el orden de las cosas - impuesto por el hombre -, a través de la ficción o de la reflexión. Siempre me he preguntado ¿por qué al leer a Borges me inquieto? ¿Por qué resulta un desafío acercarse a algunas de su páginas y pensar si aquello es verdad o un simple juego de su basta memoria cargada de datos, y conocimiento? ¿Por qué cuestiona sin cesar al hombre y aquello que se desencadena de éste?
Quizá, porque Borges es un laberinto, como lo es su obra, y como los son los mismísimos laberintos que tanto lo apasionan: guardianes de los secretos ancestrales, claves del conocimiento. Porque Borges es él, y también un espejo, yendo más lejos que Alicia, al traspasar a su antojo todas las realidades, al minar secretamente el lenguaje, al romper los nombres comunes que se ocultan en las entrañas de lo posible, al detener las palabras en sí mismas, al desatar los mitos de su cavernas y exponerlos a la luz.
No hay libro de Borges donde uno no reviva el pasado deconstruido por su mano, donde la distorsión de la historia antigua, del mito arcaico, del dato insolente y erudito nos impida pensar que todo ello son fragmentos de un posible orden integrado por muchos probables órdenes sin ley ni geometría en su obra y en la del hombre. Y no hay nada más empírico que la instauración de un orden de las cosas, dejándose llevar por la cualidades y las formas que se le dan al exterior. Por ello, Borges, lucha contra la llana idea de clasificar con sólo mirar, sin hacer un gesto introspectivo hacia el mundo, hacia el universo, y cuestionarse para sospechar que "...no hay universos en el sentido orgánico, unificador, que tiene esa ambiciosa palabra. Si lo hay falta conjeturar su propósito; falta conjeturar las palabras, las definiciones, las etimologías, las sinonimias, del secreto diccionario de Dios ."
De ahí que Borges se convierta en un inquisidor, no para quemar y torturar el orden de las cosas, sino para reflexionar -que no cambiar- sobre los códigos fundamentales de una cultura, la suya, la propia, la heredada por un sistema occidental que rige el lenguaje, los esquemas perceptivos, sus cambios, sus valores, sus prácticas y jerarquías. Códigos que dan al ser humano el sentido de los órdenes en los cuales tendrá que reflejarse y con los cuales tendrá que representar su cultura. Esos son los espejos, los laberintos maliciosos del universos: las interpretaciones generales y empíricas que hacemos de él. Suelo movedizo, que Borges, el inquisidor, solidifica con el discurso de lo fantástico, porque así convoca las realidades que están debajo de las realidades impuestas por las teorías generales del ordenamiento, intentando recordarnos que existe una experiencia desnuda del orden, sin modos de ser. Y como él afirma, citando a Chesterton, en su pequeño ensayo El idioma analítico de John Wilkins: " El hombre sabe que hay en el alma tintes más desconcertantes, más innumerables y más anónimos que los colores de una selva otoñal...cree, sin embargo, que esos tintes, en todas sus fusiones y conversiones, son representables con precisión por un mecanismo arbitrario de gruñidos y de chillidos. Cree que del interior de un bolsista salen realmente ruidos que significan todos los misterios de la memoria y todas las agonías del anhelo." Así, Jorge Luis Borges, intenta, rebuscando y buscando entre los anaqueles del pasado, entre lo pensadores y sus cosas, descubrir por qué el hombre es un universo salvaje, empeñado en darle un nombre a todo para redimir su conducta.
Por: Cecilia Eudave